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Con una técnica especial, sacaron 90 mil chicles de la peatonal Florida

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En el suelo -ya masticado, arrojado sin miramientos, pisoteado y adherido como con cemento- un chicle puede contener hasta 70.000 bacterias y hongos. Ciertamente, algunas veredas de la Ciudad son un auténtico muestrario de gérmenes. Porque esas manchas negras y grises, que parecen restos de asfalto, son algunos de los cientos de miles de chicles que los vecinos arrojan en la vía pública. Sólo sobre la peatonal Florida, se removieron 90 mil chicles; y con este operativo de limpieza, la Ciudad pone en marcha una campaña de concientización que busca evitar que los vecinos continúen tirando los chicles a las veredas.

En rigor, los chicles son un problema en la mayoría de las grandes ciudades. En Manhattan, las veredas características de cemento mejorado -como las que también se pueden ver en algunos barrios, aquí muy criticadas-, están “tapizadas” de chicles. También se ven muchos en las vías del metro. En Singapur, por ejemplo, escupir chicles es una falta, penada con multas. Para las principales ciudades británicas, también son un problema: incluso el ex alcalde de Londres, Boris Johnson (hoy ministro de Asuntos Exteriores), los consideró una “monstruosa plaga de manchas” en las veredas. En esa ciudad, un artista plástico, Ben Wilson, los aprovecha y los transforma en sus “lienzos”; y es toda una celebridad con su trabajo sobre el Millenium Bridge. En Barcelona, las veredas de La Rambla son las más afectadas; claro que, como la peatonal Florida, es la avenida símbolo de la ciudad y la más transitada. En Grecia, las autoridades del Odeón de Herodes Atticus -el histórico teatro ubicado en la Acrópolis de Atenas y construido en el año 161- realizan campañas periódicas para advertir a la gente sobre los daños que provocan los chicles en la estructura; los controles se intensificaron a partir de 2006, el año en que el Odeón debió cerrar sus puertas por culpa de 27 kilos de chicles pegados por todos lados.

En Buenos Aires, para quitar los 90 mil chicles de la peatonal Florida, se recurrió a un método de limpieza criogénica: hielo seco suave con un aditivo especialmente desarrollado para la tarea. “La temperatura helada (-79°) provoca la contracción desigual de la capa residual y la superficie subyacente, lo que debilita la adherencia entre ambos”, explicaron desde el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, a cargo de los trabajos. “Cuando el hielo seco sublima, es decir que pasa directamente del estado sólido al de vapor, el aumento violento de volumen termina de desprender el recubrimiento”, detallaron.

Se decidió usar este método porque no se generan residuos secundarios: “Además, la limpieza criogénica no requiere el uso de solventes ni químicos. Y el principal insumo es reciclado de otros procesos industriales“, destacaron desde el ministerio.

Renzo Morosi es director de limpieza de la Ciudad, un área que depende del ministerio de Ambiente. Según explicó el funcionario, algunos meses atrás pusieron en marcha un operativo de limpieza y recolección de residuos más intenso en toda el área del Microcentro. “Una vez que logramos ordenar y sistematizar estas tareas, incorporamos también el hidrolavado. Con la limpieza de las veredas, los chicles empezaron a verse cada vez más, pero al mismo tiempo era imposible removerlos. Por otro lado, detectamos que Florida era la calle más afectada por los chicles y colillas de cigarros”, contó Morosi.

Para llevar a cabo la limpieza con esta técnica criogénica, la dirección trabaja con una máquina, tipo pistola, que libera el hielo seco a alta velocidad; fue fabricada en Argentina y la manipula un operario. La limpieza de la peatonal demandó un mes de trabajos nocturnos. Luego la dirección comenzó una campaña de concientización entre los peatones, señalizando los cestos y comercios de la zona.

Además de la mugre que generan en las veredas, de la odiosa sensación al pisarlos, y de la suciedad que dejan en la suela del calzado, los chicles son peligrosos para mascotas y, principalmente, para las aves. Les atrae el azúcar, los picotean y se les pegan en el pico; pero también en las patas, cuando intentan sacárselos. Así, las aves mueren sofocadas. En fin, quién duda que los chicles, fuera del cesto de basura, son un estorbo por donde se lo mire.

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