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Una multitud vio La Traviata junto al Colón

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La única Traviata que vieron hasta ahora muchos de los que están en la Plaza Vaticano, al lado del Teatro Colón, es la galletita de agua, la de los 23 agujeritos, la que se unta con manteca o mermelada o se moja en el té con leche. Por eso se entusiasman a lo grande, con ese fervor que suelen tener los principiantes, cuando, a través de una pantalla, empieza la Traviata más famosa: la ópera de Giuseppe Verdi. Una función en simultáneo con lo que sucede en la gran sala.

Es domingo, son las cinco de la tarde. El sol invita a estar al aire libre. Y si es con un termo, un mate y una reposera de lona, el plan resulta mucho más placentero.

En tres actos, La Traviata, que en realidad es la Extraviada, “un eufemismo de prostituta”, cuenta la historia de amor entre Violetta Valeri y Alfredo Germont. Un culebrón intenso, con idas y vueltas como los que se ven en la tele en el prime time pero en este caso con música de orquesta.

En el primer intervalo, algunos de los espectadores salen en busca de alguno de los cuatro baños químicos que están ubicados a metros de la calle Libertad.

Empieza el segundo acto. El sonido de La Traviata, claro, se mezcla con el ruido de la Ciudad, en especial, de esa Cerrito por la que transitan autos, motos, taxis y colectivos en los que viajan hinchas de Boca rumbo a la Bombonera para ver el partido frente a Godoy Cruz, hinchas que, como avezados percusionistas, llevan el ritmo de las canciones de tribuna asomando la cabeza por las ventanillas y golpeando la chapa de los micros.